Os presentamos algunas de las tropas de los sármatas que estarán en Traianus Sármatas en el juego Traianus

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Una paz sombría comenzó a propagarse, lenta pero inexorablemente, por todo el campo de batalla. Atardecía y suaves lenguas de neblina, procedentes del vecino lago Pelso, se extendían como un sudario por la llanura que, hasta hacía bien poco, había contemplado el violento enfrentamiento entre el ejército de los sármatas yácigos y las fuerzas romanas reunidas en torno a la legión XXI Rapax. Solo el eco lejano de los vencedores y las voces de los escasísimos heridos de los vencidos que, abandonados, aún restaban con vida, rompían una calma que el canto de algunas aves ya se atrevía a reclamar como propia. Maiosara sonrió con triunfante amargura, contemplando aquella mezcla contradictoria de desolación y belleza. Su imponente caballo sármata dejó escapar un resoplido quedo, como si quisiera llamar su atención, a lo que ella replicó acariciándole la cerviz con afecto. Juntos, aquel día, habían dejado su particular huella en la Historia.

Ella y su inseparable corcel se habían enfrentado al ejército romano que, por orden del emperador Domiciano, intentaba cerrarle el paso a la hueste de los sármatas yácigos, en su avance a través de la provincia de Panonia. Como parte de la mejor caballería catafracta sármata, codo con codo con otros tantos jinetes de sangre noble como ella, aquella mañana Maiosara había participado en el vertiginoso ataque que barriera del campo de batalla a la caballería romana. También había tomado su parte en la maniobra envolvente que dispersara en todas direcciones a la infantería auxiliar enemiga. Pero el momento que ya no olvidaría jamás había tenido lugar a medio día, cuando la caballería pesada sármata, escoltada por enjambres de arqueros montados, cayó sobre las aisladas y acosadas formaciones legionarias, como una sucesión de olas de mar sobre la costa, destrozándolas por completo. Allí, en mitad del caos de la refriega, la joven aristócrata se había hecho con el alma y el corazón de la XXI legión, aniquilada en aquella sombría jornada para las armas romanas.


Acariciada por la intensa luz naranja del ocaso, tomó un instante entre sus manos su trofeo, la preciada escultura dorada que coronaba y daba sentido al estandarte que llevaba al hombro. El aquila legionis de la legión XXI Rapax, símbolo del poder de Roma, la contempló con fríos ojos de metal: se la había arrebatado al aquilifer, tras derribarle de un sablazo en un combate que ahora se le antojaba muy lejano.

Una bocanada de sangre espesa le subió por la garganta, devolviéndola a la realidad. Maiosara escupió y, alzando una mirada digna al horizonte, se llevó la mano instintivamente al costado izquierdo, dolorida. Allí, bajo un vendaje fajado en torno a su cintura, una mancha escarlata se extendía sin remedio, deslizándose por su pierna y el costado de su montura hasta gotear sobre el terreno, testimonio del terrible precio que había pagado por una hazaña que se desvanecería en la Historia: furiosos por la pérdida de su estandarte, varios veteranos de la legión habían tratado de recuperarlo, asestándole uno de ellos la fatal estocada en plena algarada. La coraza que llevaba en combate había disimulado y contenido la hemorragia pero, al retirarle la armadura, sus criados sin corroborar lo que ella misma ya intuía desde que escapara, por poco, de la mortal celada: que no viviría para ver al padre Sol alzarse por Oriente una vez más. Decidió entonces que, si había de morir, lo haría a lomos de su caballo y con él como única compañía. Le vendaron las heridas y la ayudaron a subir a la silla de montar, como antaño hiciera su madre cuando apenas había aprendido a caminar. La noble sármata abandonó discretamente el campamento, aquila en mano, hacia la llanura que había sido testigo de su gloria y su perdición.


Ahora, a lomos del noble animal, que sabía tan bien como ella que aquello era una despedida, Maiosara empezó a sentir un mareo creciente. Tras clavar el estandarte en el suelo a su lado hizo lo que pudo por respirar hondo, dejando escapar hilillos carmesíes por nariz y boca al exhalar, mientras la cabeza le daba vueltas y, entre destellos, el mundo a su alrededor se convertía en un confuso fundido a blanco. Se agarró a la cerviz de su caballo, reflejando en sus ojos vidriosos el sol poniente. El dolor se desvaneció. Instantes después, por vez primera y única en su vida, las piernas le fallaron y, despacio, se deslizó por el costado de su caballo hasta caer inerte al suelo, con la mirada perdida en el cielo.


Os presentamos algunas de las tropas de los sármatas que estarán en Traianus:

  • Catafractos nobles sármatas: la mejor caballería pesada acorazada del mundo romano, compuesta por la élite de la aristocracia, contundente y flexible, capaz de arroyar incluso a las poderosas legiones romanas en batalla.
  • Contarios acorazados: jinetes especializados en devastadoras tácticas de choque, cuya rapidez y maniobrabilidad en el campo de batalla los convierte en una pesadilla para cualquier caballería rival.
  • Contarios sármatas: equipados con la temida contus sarmaticus, estos temidos jinetes de las estepas forman el versátil grueso de todos los ejércitos sármatas en batalla.
  • Jinetes nobles sármatas: aguerridos aristócratas entrenados para desempeñar una arriesgada pero devastadora labor de hostigamiento cercano contra unidades pesadas o dotadas de mayor potencia de fuego.
  • Arqueros a caballo esteparios: jinetes de destreza prodigiosa, equipados con poderosos arcos compuestos que manejan con letal precisión en combate.
  • Infantería de la estepa: siervos y campesinos sedentarios de las estepas, movilizados por sus amos seminómadas para proporcionar un siempre necesario apoyo de infantería.
  • Nobles bastarnos: una sólida y valerosa infantería pesada de tradición germánica en el seno de los ejércitos sármatas, constituyendo un excelente contrapunto y complemento a la poderosa caballería de sus hermanos esteparios.
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